Las violaciones a los Derechos Humanos y su “contexto”

Tras el breve paso de Mauricio Rojas por el Ministerio de Culturas, por sus antiguas frases sobre el Museo de la Memoria, el tema de las violaciones a los Derechos Humanos durante la Dictadura Militar ha estado permanentemente en la palestra, más ahora que estamos por conmemorar 45 años del golpe de Estado de 1973.

Gustavo Rodríguez Catalán
Jefe de Informaciones

En medio de cientos de declaraciones, noticias y “posteos” que he revisado, hay una idea, repetida majaderamente por quienes adhirieron al régimen, que me da vueltas: “el contexto”. Se plantea que para entender los atroces abusos cometidos es necesario conocer el contexto que llevó a las Fuerzas Armadas a tomarse el poder.

Difiero de aquello. El contexto permite conocer los procesos, pero jamás permitirá explicar -y entender- la ejecución sin juicio de casi 2.300 chilenos; la desaparición de otros 1.200 y la detención y tortura de casi 29.000. Ningún contexto justifica el asesinato de 10 embarazadas, cuyos hijos desaparecieron o de 307 menores de 20 años, que difícilmente podrían haber andado esparciendo el “cáncer marxista”. En la nómina, que no es mía, sino de la Comisión Verdad y Reconciliación de 1991, figuran Magla Ayala y Felipe Gutiérrez, muertos por disparos a sus cortos dos años.

Contexto. ¿Qué escenario político y económico, por desastroso que sea, justifica que a mujeres se les introduzcan ratones en la vagina o se les viole con perros adiestrados por la agente DINA Ingrid Olderock? Sume a ello la aplicación de tormentos como “La Parrilla”, cama metálica con corriente; el “Pau de Arará”, colgamiento del detenido atado a un palo; extracción de uñas; electricidad en genitales o ingerir desechos orgánicos, todo acompañado de brutales golpizas.

Ser periodista y buscar la verdad también significó que colegas vivieran este trance. Hace poco el destacado periodista Mario Aguilera republicó en redes sociales, bajo el título “Caballito de Mar”, sus experiencias en centros de detención y tortura. No las había leído y me golpearon en lo más profundo, porque aunque nací en dictadura, mi conciencia política y amor por el Periodismo se forjaron en democracia.

Otros 30 colegas pasaron por ese calvario y no vivieron para contarlo. El diario mural de mi carrera recordaba a José Carrasco Tapia, cuya máquina de escribir lo convirtió en un terrorista peligroso, que disparaba letras para publicar en revistas de oposición. Por ello fue muerto a tiros en 1986.

Y como limachino de origen, conocí la historia de Jaime Aldoney Vargas, quien cursaba cuarto año de Periodismo al momento de su detención, tortura y muerte en 1973. Su cuerpo fue lanzado al mar y sigue desaparecido. Como reportero, me tocó cubrir el fallecimiento de su madre Filomena Vargas, “Doña Menita”, quien partió con más de 90 años esperando que Jaime volviera.

Podría escribir libros dando ejemplos, pero ya hay bastante bibliografía al respecto. A veces es necesario revisarla. Solo como reflexión final, creo que nada, absolutamente nada, permite justificar estas atrocidades, que marcaron las vidas de miles de chilenos y sus familias. Y más que buscar “contextos”, es necesario comenzar a practicar la empatía y la humanidad.

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