Ver la vida y el 10 por ciento con otros ojos

Publicado el at 5:40 pm
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Marisol Valdés Riffo
Secretaria de Redacción

Tenía yo apenas 13 años cuando me invitaron a mi primera fiesta. Estaba emocionada y por varios días planifiqué la ropa que me iba a poner y cómo me iba a peinar. También iba a ser la primera vez que me presentaba en sociedad con una nueva imagen: anteojos para corregir una miopía severa, que ya se empinaba por las 6 dioptrías, y que me condenó a usar unos “potos de botella”.

En mi inocencia aun infantil, pensaba que, más que una anécdota, a nadie le iba a importar. Pero fue una de las grandes equivocaciones y aprendizajes de mi vida, pues sí que importaba.

Ya en la fiesta, los chicos sacaban a bailar a todas mis amigas, menos a mí. Cuando solo quedaban dos de ellos, uno miró al otro y le dijo: “Ya poh, saca tú a bailar a la ‘cuatro ojos’”.

Fue una estocada directo en mi alma, tanto, que en mi adolescencia no volví a ir a otra fiesta a pesar de los ruegos de mi mamá. Esos vidrios delante de mis ojos no solo me permitían observar con claridad el mundo, sino ver también la crueldad que podía albergar. Me volví retraída, socialmente aislada.

Pero quizás no fue tan malo después de todo, pues fue esa la razón por la que decidí meterme de lleno en el mundo de la lectura, allí, donde nadie podía juzgarme por los lentes. Fue ese el camino que me llevó adonde hoy me encuentro, escribiendo estas líneas para usted, estimado lector.
Así pasaron los años, durante los cuales mis padres hicieron denodados esfuerzos para comprarme “lo último” que llegaba a las ópticas: cristales High Lite y lentes de contacto de todos los tipos -que terminaron provocándome úlceras en las córneas-, condenándome definitivamente a los anteojos.
Me resigné, sí, pero la herida seguía ahí, latiendo en lo profundo, doliendo y socavando mi autoestima.

Cuarenta y dos años después de esa traumática experiencia en la fiesta, tuve por fin la posibilidad de liberarme de esa pesada cadena. Saqué mi 10 por ciento de la AFP -sin que me importara un cuesco que pueda bajarme la pensión- y partí al oftalmólogo para una cirugía refractiva, más conocida como “Lasik”.

Mientras el tecnólogo médico me realizaba los exámenes previos, me preguntó si iba a pagar la cirugía con el 10 por ciento. Le dije que sí y me respondió algo que me dejó pensando: “¡Cómo me gustaría decirles a esos políticos que dicen que la gente quiere esta plata solo para comprar televisores o celulares que las personas necesitan comer, pero también mejorarse!”.

Es cierto, no solo se trata de televisores o celulares, se trata de apostar a un emprendimiento, de cumplir algún sueño largamente postergado, de hacer esa cirugía que el sistema público no ha podido programar por años, devolver la sonrisa a quien perdió su dentadura, en fin, tantas cosas que, por algún extraño designio del destino, solo pudimos cumplir merced a una pandemia.

Por eso, al finalizar la operación le conté brevemente esta historia a mi doctor y le dije: “Con esta cirugía no solo me curaste los ojos, también me sanaste el alma”. Y por un segundo, viendo nítidamente por primera vez en 42 años, me pareció que en los suyos había lágrimas de emoción.

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