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Un siglo de vida: conozca la historia del quillotano Miguel Yáñez

El domingo 7 de enero Miguel cumplió los cien años de vida, con una lucidez que le permite recordar decenas de pasajes de su vida

QUILLOTA.- Se acuerda de todo, prácticamente de todo y su lucidez sorprende. Eso no sería raro si no habláramos con un hombre que, a pesar de cumplir 100 años, está como si tuviera cinco décadas menos.

Aunque sus rodillas le fallan y ha perdido un poco de audición, Miguel Yáñez Villegas aun puede viajar con su mente por el tiempo con asombrosa facilidad y por eso no cuesta llevarlo a su niñez, aquella que comenzó en Santiago el 7 de enero de 1918, en la calle Andes -cerca de Cumming y Brasil, acota- donde nació.

Muy ameno para conversar, relata que su papá estaba a cargo del mesón de la cerveza en el Club Alemán y que su madre falleció cuando él tenía poco más de un año, y por eso quedó al cuidado de sus abuelos que hicieron las veces de padres para él.

De su educación cuenta que cursó toda su educación básica en la Escuela Experimental Salvador Sanfuentes, que quedaba en la calle Catedral, frente a la Quinta Normal y logró continuar con las Humanidades en ese momento, pues debió entrar a trabajar tempranamente. “Trabajé primero en la calle Estado, en el Palacio del Calzado como repartidor; también estuve en una sombrerería, la Casa Merino y después entré al Banco Germánico, donde estaba encargado de entregar las notificaciones de letras por vencer”.

El secreto de la felicidad es ser honrado, trabajador y siempre ayudar a los familiares y amigos en lo que sea”

Inquieto, Miguel no se quedó ahí y decidió pedir un permiso para poder terminar sus estudios, lo que le permitió estudiar matemáticas y contabilidad en 1936 y así convertirse en funcionario del banco, en la sección de descuento de letras y con un buen sueldo.

Dos años más tarde comenzó su historia de amor con Hermosina Castillo Liberona, a quien conoció en una quinta de recreo en San Carlos de Apoquindo. “Ella estaba con su familia y yo con unos amigos. La miré, fui a su mesa y pedí permiso para sacarla a bailar. Ahí nos conocimos y me dio su dirección, fui a visitarla y así empezamos un pololeo que duró cuatro años, hasta que nos casamos el 16 de julio de 1942”, cuenta con voz romántica.

A Miguel le impresionaron las habilidades domésticas de Hermosina y vio en ella a la compañera que había buscado. “Yo había pololeado antes, pero con otro tipo de mujeres a las que les gustaba mucho salir, el baile y la farándula, cosas así. Pero ella tenía carácter y me gustó su forma de ser y yo debo haberle gustado también porque nunca tomé ni fumé en mi vida”, explica.

Pero meses más tarde la pareja habría de enfrentar un inesperado escenario. “En 1943, Estados Unidos le dijo a Chile ‘bueno, usted entra a la guerra conmigo o es mi enemigo’, así que el país entró a la guerra y el gobierno confiscó todo lo que era alemán, incluido el Banco Germánico -con 120 funcionarios- y el Alemán Trasatlántico -de 220 empleados-, y ahí quedamos todos cesantes”, recuerda. “La cesantía era terrible, yo me levantaba a las cuatro de la mañana a ver los avisos y ya había cien personas esperando, así que con la plata del desahucio hice un curso de chofer de vehículos y entré a trabajar como chofer de buses, en las líneas Pila – Cementerio; Matadero – Palma, Avenida Chile, Las Rejas y Pila del Ganso”.

Miguel logró juntar algo de dinero y se compró una micro, pero pronto sufriría un nuevo traspié. “Lo manejaba yo, pero se lo di a un chofer para que me reemplazara en mi día de descanso y él fundió el motor. Así que con la venta de la chatarra me compré un taxi, pero tampoco me fue bien, porque no me dejaban entrar al sector de la Estación Mapocho, donde estaba el movimiento de pasajeros y al final tuve que vender el auto”, recuerda.

En eso estaba -en el año 1953- cuando se enteró que el Servicio del Seguro Social había abierto un concurso y decidió postular, obteniendo la vacante, lo que le permitió elegir su destinación entre Rancagua y Quillota. “Finalmente elegí Quillota porque lo conocía más, yo pasaba por aquí cuando me venía solito desde Santiago a Valparaíso en el tren, a veranear en la casa de mis tíos. Me subían solo al tren y yo sabía dónde tenía que bajarme” cuenta como anécdota.

Así, Miguel llegó a trabajar a la agencia del Seguro Social en Quillota, donde no solo fue un destacado funcionario, sino que también se desempeñó como un importante dirigente sindical por más de cinco años, “aunque yo nunca estuve en un partido político, yo trabajaba para mi gente y nunca me gustó decirles ‘patrones’ a los jefes”, dice taxativo.

CIEN AÑOS

Los cumpleaños suelen ser momentos para reflexionar y hacer un balance de la vida y al cumplir un centenar de años, con mayor razón, por eso Miguel mira hacia atrás y explica qué lo enorgullece, que lo hace feliz y, también, cuáles son sus arrepentimientos y sus consejos para los más jóvenes.

“Nunca pensé que iba a llegar a los cien años. Cuando murió mi señora yo también quería morirme. Con ella formamos una pareja tan buena… cómo sería que cuando cumplimos las bodas de oro, renovamos los votos. Es que nos queríamos igual que el primer día, fue buena compañera, buena dueña de casa y querendona de sus hijos, la echo mucho de menos”, dice con la voz llena de ternura.

“Me enorgullece haber tenido a mis hijos, haber formado una familia tan compacta, ahora somos 15, con mis hijos, mis nueras, nietos y bisnietos. Es que me gustan los niños, siempre me gustaron y por eso con mi señora decidimos ampliar la casa que me dio el Servicio de Seguro Social para darles más espacio. Aproveché que tenía un mes de vacaciones, contraté unos maestros y yo hice toda la enfierradura”, cuenta orgulloso.

Pero también hay arrepentimientos en su balance de vida. “A los cien años me arrepiento de muchas cosas. Por ejemplo, una vez le dije a mi señora que fuéramos a ver la fiesta de la vendimia a Mendoza, pero ella no quiso ir para no dejar a los niños y me dijo que fuera yo. Así que partí para allá y me recibieron muy bien en una residencial, me sirvieron un ‘montado’, que es como el bife a lo pobre de acá. Yo vi que todo era muy bonito allá y me arrepiento de no haberle dicho a mi señora que nos fuéramos a la Argentina, porque con lo buena cocinera que era ella nos habríamos hecho la América allá, porque todo era barato”, dice con cierto pesar.

Pero también reconoce las múltiples enseñanzas que le ha dejado la vida, las principales, relacionadas con una vida saludable.

“Yo fui muy deportista, practiqué box, atletismo, básquetbol y era futbolista, participaba todos los sábados en la Liga Bancaria y jugábamos, entre otros, con los de la Caja Nacional de Ahorro, que después se convirtió en el Banco del Estado”, rememora.

Incluso, de joven se sintió muy atraído por el boxeo, pues en la época cada barrio de Santiago contaba con su propio “boxing”, donde destacaban clubes que con el tiempo llegaron a ser míticos, como el “México”. Por eso, Miguel vio muchas peleas, algunas destacadas, como la disputada en el Estadio de Carabineros entre Arturo Godoy con el argentino Alberto Lovell, en febrero de 1943.

Pero su amor por el deporte fue mucho más allá, pues con el paso de los años y alejado de las prácticas, se incorporó como dirigente deportivo. Incluso dice que fue mentor del gran Lucio Fariña Fernández, “yo era dirigente de la Asociación de Viejos Tercios, recopilaba la información de los partidos jugados y los que se iban a jugar y se la llevaba a Lucio”.

Miguel reconoce que ha sido muy feliz en su vida. Le preguntamos cuál era su secreto para la felicidad y su respuesta sorprende por lo sencilla. “El secreto de la felicidad es ser honrado, trabajador y siempre ayudar a los familiares y amigos en lo que sea”, dice mirando a los ojos y con la certeza que le dan sus 100 años de vida.

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