Un amor en forma de potes

Imagen: Analía Heredia 

Mario Campos Vinet – Editor

 

Nada se asemeja al amor de una madre. Porque el amor de una madre es puro, incondicional y eterno. Sin espacio a la duda, podemos asegurar que el sentimiento más noble y potente que es capaz de expresar un ser humano, superior al amor de pareja, de amigos e incluso de hermanos, es lo que el corazón de una madre siente por sus hijos.

Pero una expresión que no solo es humana, porque en el reino animal hay ejemplos impresionantes de cómo las hembras cuidan y protegen a sus crías.

Desde niños creemos que nuestras madres todo lo pueden. Son las primeras en entender nuestros mamarrachos en el cuaderno de la escuela, en enseñarnos a leer, a escribir, a hablar…incluso son las únicas que se dan cuenta cuando nos enamoramos.

Tienen esa percepción que nadie más tiene. La palabra exacta, la caricia suave, el abrazo cálido que, aunque viejos, seguiremos percibiendo y deseando durante nuestras vidas, mientras las tengamos.

Nunca piensan en ellas solas, siempre lo hacen por sus hijos, y están dispuestas a cambiar sus propias vidas si con esa decisión ellos estarán mejor”.

Citar ejemplos individuales sería injusto. Pero a través de los años de reporteo hemos dado fe de madres increíbles que le han ganado a la adversidad solo por sacar adelante a sus hijos. Madres cesantes que han encontrado cómo ganarse la vida, madres no videntes que le han dibujado el futuro a sus hijos, o madres en sillas de ruedas que han caminado junto a sus hijos por la vida. Y hasta madres analfabetas que han educado a los suyos con amor y dedicación. Y madres que han sido padres. Muchas.

Es que no hay nada en esta vida que se iguale al sentimiento de ser madre. Nunca piensan en ellas solas, siempre lo hacen por sus hijos, y están dispuestas a cambiar sus propias vidas si con esa decisión ellos estarán mejor.

Y saben de todo. Desde matemáticas, para enseñarnos toda la operatoria, hasta medicina, para curarnos cuando nos enfermamos. Porque si algo tienen es que además se heredan de madre a hija los secretos curanderos de sus antepasados. En eso son expertas. Agüita de menta, hojitas de toronjil o paico para sanar al crío. Pero ojo, no le queden nunca debiendo un pote… ¡porque caerán sobre el irresponsable las penas del infierno!

Por eso, en este Día de la Madre, nada vale más que un gran abrazo y un “Te amo mamá”, porque eso es imperecedero para ellas. Y lo llevarán en su corazón, estén donde estén.

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