La bonita relación que se produce entre el que escribe una columna y el que la lee

Pasamos el túnel La Grupa, dejando atrás la ciudad de Cabildo, adentrándonos hacia la cordillera, cruzando por Pedegua, Manuel Montt y Hierro Viejo, hasta llegar a Petorca y seguimos hasta el fondo del camino, avanzando por Chilcolco y Chalaco, hasta donde se acaba la ruta. Nos bajamos en Pedernal. Un lugar que muchos expertos en energías comparan con el valle de Elqui. Nos pusimos a mirar los cerros, como pidiendo que desde lo alto bajaran fuerzas que cargaran de buenas energías nuestro cuerpo y nuestra mente. Esperamos un rato. El sol estaba fuerte, el cielo limpio, el lugar desolado, con unos silencios que se escuchaban.

Roberto Silva – Fundador de “El Observador”

Mirando el mapa que llevábamos nos dimos cuenta que estábamos en medio de una trilogía de cerros que encierran el lugar: el Alto de Carén y cerro La Tenca, de 2.500 metros de altura cada uno y el cerro Los Quilos de 3.300 metros de altura sobre el nivel del mar. Por lo menos estábamos elevados, ahora faltaba esa descarga espiritual que nos imaginamos sería invisible a nuestros ojos, pero no a nuestro espíritu. Algo sentimos, algo pasa allá arriba, aunque menos de lo que esperábamos. Bajamos entre entusiasmados y confundidos con este rincón energético de nuestra región.

Siempre que escribimos la Edición Especial de Aniversario, comenzamos a trabajar como a fines de agosto para tener temas variados y entretenidos de toda nuestra área de cobertura. El reportaje que buscábamos era sentir ese chorro espiritual para contarlo a nuestros lectores. Como no fue tan clara y evidente la descarga, decidimos hacer algo mucho más terrenal y concreto: ir a almorzar a un restaurant de Petorca del que nos habían dado muy buenas referencias. Se llama “Valsof” y fue fundado por don Osvaldo Lillo y doña Sofía León, ambos ya fallecidos. Hoy en día sus hijos están al frente del acogedor lugar.

Lo primero que nos pasó fue que el restaurante quedaba en la mismísima calle Silva, que lleva ese nombre por mi familia, que proviene de esa zona. De hecho a un tío medio esotérico le había escuchado lo de Pedernal y por eso fuimos.

Nos sentamos en una mesa de mantelito blanco, como en la antigua canción. Nos vinieron a ofrecer diversos platos de comida típica chilena. Estábamos en eso de picotear el pan, cuando apareció una señora y se paró al lado mío. Me dijo entre pregunta y afirmación, si yo era Roberto Silva. Sí le contesté, con alegría de saber que nos tratarían con más familiaridad. Ella agregó una frase que varias veces he escuchado: “Yo a Usted no lo había visto en persona, pero lo conozco mucho, hace años que leo sus columnas y me gustan mucho. Tengo guardadas las que más me han llegado”.

Para los que escribimos, este es el homenaje máximo. No hay nada más grande que nos digan que tienen guardados unos recortes con alguna cosa que salió desde el corazón y por entre medio de los dedos en el teclado.

Ella era una señora que venía con su pelo cubierto con un paño blanco, en cuyos bordes se asomaba también un blanco pelo. Y toda su ropa también era blanca. Venía sin ninguna duda de la cocina. Fui lindo escucharla y cuando creí que iba a pasar a otros temas del restaurante o de la zona, vi que se agachaba un poco, levantándose ese amplio delantal blanco y buscando debajo, en un bolsillo seguramente, desde donde sacó un cuaderno que luego abrió, mostrándome una gran cantidad de “Ultima Carilla” pegadas (tal vez con engrudo) sobre las hojas del cuaderno.

Fue una gran emoción. La abracé y le agradecí que haya decidido mostrarme su cuaderno con textos que había leído y guardado con entusiasmo.

¿Qué pasa entre el que escribe una columna y el que lee una columna por muchos años seguidos? Algo especial. El que escribe no le ha visto la cara y el que lee ve su foto y siente que lo conoce mucho, porque sabe lo que piensa y siente en muchísimos temas. Por eso ella (¿sería la señora Sofía?) me dijo que me conocía tanto.

En el periodismo se produce esta diferente forma de afecto unilateral, porque uno conoce más del otro, porque uno sigue al otro y lo comenta y siente que a veces lo interpreta y otras veces no, pero siempre mantiene con el que escribe una conversación sin respuestas de palabras, pero con la aceptación que produce el conocer a través de un texto, forma que siempre ha sido una gran manera de conocer a otra persona.

Conté esto en el cumpleaños número 48 de “El Observador” porque así como abracé a esa señora del restaurant de Petorca, me gustaría también dar hoy día un abrazo, aunque sea de papel, a tanta gente que me conoce, que me lee y con la que podría conversar como si fuéramos dos verdaderos amigos.

Gracias, muchas gracias, y sigamos juntos.

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