Jorge Edwards con García Lorca en Quillota

Alguna vez entrevisté a Jorge Edwards. El escritor andaba de visita en La Cruz y luego pasó a la “Embajada de Quillota en Chile”, que no es otra cosa que las oficinas centrales de “El Observador”. Era una verdadera máquina de narrar cuentos. Luego de cada pregunta tenía la anécdota para darle más vida a lo que decía.

Miguel Núñez Mercado
Reportero

En poco rato pasamos de sus remedos de los romances de García Lorca, que él hacía como que ocurrían en Quillota -por un asunto de rima fácil-, por James Joyce, Azorín, Unamuno, Machado y Cervantes, sus primeros mentores. También por “el inútil” de su tío Joaquín Edwards Bello, quien para la familia Edwards, era “en cierto modo, un tipo bastante poco recomendable”, aunque para Jorge Edwards el tío Joaquín era un personaje fascinante. En la media hora que habrá durado la entrevista, contó que el primer cuento se lo inspiró un compañero de curso que, al no alcanzar a llegar al baño, tiró sus calzoncillos al alcantarillado, lo que hizo que se tapara el sistema y se tuviera que romper el piso para destapar las alcantarillas. El castigo fue poner sus calzoncillos como bandera en el medio del patio del colegio.

Su universo literario se ubicaba exactamente en su memoria y, en la mayoría, en detalles que para otros pasarían desapercibidos. Contaba de una señora que se había casado hacía 80 años, pero que había enviudado a las tres semanas. Todavía guardaba los huesitos de su marido en una caja. Todos los días los sacaba al sol, los limpiaba, les rezaba y los volvía a guardar.

Eran temas que se habían convertido en cuentos que viven en sus libros. También en su novela “El sueño de la historia”, cuenta una escandalosa historia de amor del ingeniero militar Joaquín Toesca y su muy joven y atractiva mujer Manuelita Fernández de Rebolledo, quien -según una crónica del siglo XVIII- “trepaba como una gata por las paredes del Convento de las Agustinas para irse a acostar con sus `amasios´”. Entre ellos Goycolea, el discípulo de Toesca.

Para el autor lo estimulante en la creación literaria es la memoria. Mucho más que la imaginación en estado puro. “El arte literario, como dijo el escritor portugués Lobo Antúnez, es la fermentación de la memoria, la que tiene que transformarse -como el vino- para convertirse  en literatura. Yo tengo una vieja historia de amor con la memoria”.

Jorge Edwards también era muy crítico de la gran cantidad de escritores que existen en el país. “En Chile se hacen muchos talleres para promover la escritura y yo digo que es mejor promover la lectura, porque en un país de lectores siempre saldrá algún escritor destacado. Me he encontrado con el fenómeno de un país con una gran cantidad de escritores, que sólo se leen a sí mismos”.

Comentarios

Relacionados