¿Cuántas son las familias que viven al día y que deben salir a la calle todos los días para comer?

Publicado el at 6:25 pm
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Roberto Silva Bijit

La pandemia ha iluminado muchos lados oscuros de nuestra sociedad. Uno de ellos es poder determinar en cada comunidad, cuántas familias deben salir a trabajar en el día para comer en la noche. Son los que no se pueden quedar en la casa, los que están obligados a salir en busca del sustento, los que viven al día, los que no pueden ahorrar nada.

Con el cruel aumento de la cesantía, miles de personas perdieron su trabajo y hoy están tratando de hacer algo que les permita sobrevivir a este momento amargo.

Es verdad que hay mucha gente que sale a la calle para ir a darse una vuelta y combatir el encierro, pero también hay que considerar a los que no tienen otra opción que salir a trabajar para ganarse el pan de todos los días.

Faltan catastros que nos permitan identificar esa delicada situación social. Unos son los que duermen en la calle, otros son los que están instalados en campamentos, también están los que viven al día pero tienen su casa y su familia, pero no tienen asegurada ninguna renta a fin de mes.

Todas esas familias necesitan apoyo, entregarles todos los implementos para que se protejan del contagio y darles espacio para que puedan trabajar.

Es la mínima señal que podemos dar como sociedad en tiempos tan complejos. Por un lado facilitar su acceso a las formas de trabajo ocasional a la que están acostumbrados y por otra canalizar hacia ellos las ayudas gubernamentales.

No digo que ellos – los que deben trabajar todos los días para comer- pasen desapercibidos, sino que ahora se ven con más claridad esos sectores que no tienen respaldos económicos y que se ven obligados a luchar por el día a día.

Son nuestros lados oscuros que está iluminando la pandemia.

Los números siguen subiendo y tal como ya lo hemos repetido tantas veces, el gran problema siguen siendo las aglomeraciones, la falta de distancia social, las buenas mascarillas -y bien puestas- los respetos necesarios entre las personas y el sentido de solidaridad para cuidarnos y cuidar también a los demás.

La tendencia nacional no es buena, por el contrario, nos acercamos a los peores meses, ya que lo que queda de junio, julio y agosto serán aún más complejos y más trágicos porque la muerte se hace más presente. El aumento no significa mala atención hospitalaria, sino al igual como ocurrió en Europa, significará que no hay personal para recibir a la cantidad de pacientes que llegan. Puede haber camas (que también están en estado crítico) pero no habrá quién haga el procedimiento médico, quién pueda instalar un ventilador, quién permanezca atento a la gente que está viviendo al borde de la vida. Una enfermera decía con preocupación: “Tenemos que esperar que se recupere o muera un paciente para ingresar otro”.

Ni hablar de los dilemas que provoca la “última cama”, es decir, la decisión para optar entre varios que están a la espera, quién será el elegido para ocuparla. Ni tampoco hablar de la angustia de los funerales apurados, sin ceremonias rituales de despedida, sin besos ni abrazos para apañar el dolor.

Tal como se ven venir las cosas, aumentará el número de contagiados y el número de muertes, lo que hará más probable la cuarentena total por comunas, medida para la cual también tenemos que estar preparados porque forma parte de una probabilidad cierta.

Hoy más que nunca no aflojemos nuestros cuidados.

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