Con bocinazos de sus propios vehículos despidieron al camionero Juan Arthus Hernández

Publicado el at 11:31 am
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Con su vida demostró que se puede ser un grande desde la nada, llegando a tener hoy una flota de camiones

LA CALERA.- Una existencia plena vivió Juan Berlín Arthus Hernández, que falleció el viernes pasado en La Calera, su ciudad que tanto quiso. En abril pasado, cuando lo entrevistamos para la edición por los 165 años de La Calera, contaba con orgullo la trajinada historia de su vida, en que desde la nada llegó a ser un gran empresario, trabajador incansable y un jefe formador tanto en su taller como en el oficio de camionero. Había nacido el 12 de octubre de 1938, como un niño sin padre que lo tuviera en sus brazos y con una madre ausente.  Sólo llevó de ellos los apellidos.

Por ello, Juan Arthus, se declaraba, orgullosamente “huacho”, por ser hijo sin padres. Se crió en un sanatorio de niños y en el Hogar de la Ciudad del Niño de Santiago. Vivió una niñez de escapes y regresos.  Sólo a los siete años, cuando hizo su Primera Comunión, con un traje prestado de scout, comprendió la inmensa soledad en la que vivía. Sin embargo, no le hizo mucha mella saberlo, pues era lo único que había vivido. Los golpes de la vida le enseñaron a hacerse fuerte.

Cuando aún era pequeño y estaba enfermo en un sanatorio, creyó que era su madre una señora elegante y vestida con sombrero alón que llegaba a verlo. No lo era. Lo supo porque aún guardaba en su memoria el aroma de su madre cuando lo tuvo en sus brazos en su primer año. Era un “ángel de su niñez” que llegó a verlo y que lo animó a superarse. Juan Arthus no tenía a nadie, no iba ni a la escuela, pero había aprendido a leer escuchando las lecciones a los demás niños.

Ingresó a la Escuela Parroquial, pero se peleó con el cura. La señora del sombrero alón –que después supo que algo tenía que ver con su familia- lo llevó a vivir a una parcela de Las Rejas, en Santiago. También encontró a su madre, a los nueve años, con quien fue a vivir un tiempo, hasta que su pareja, un jinete del Hipódromo Chile, se atrevió a golpearla. Su hijo la defendió a golpes, pero fue expulsado de la casa.

Vuelto  a la calle, vendió verduras, paseó caballos de carrera, fue boxeador por algunos pesos, e intentó ser luchador de cachacascán. Luego de un tiempo, Juan Arthus volvió a la parcela de Las Rejas. Allí encontró lo que sería la vocación de su vida: camionero.  Aprendió a manejar camiones, bajando desde Pedro de Valdivia hasta Las Rejas, sin frenos. Tenía 17 años cuando llegó a La Calera, para trabajar en la construcción de la Carretera Panamericana. Llevaban cemento desde La Calera, para cubrir con concreto el tramo  entre  Quilimarí y La Calera.

Allí le sirvió mucho, pese a su juventud, su carácter fuerte para sobrevivir entre muchos que no eran santos ni ángeles.  La construcción de la carretera trajo a muchas personas de mala vida. Maleantes de puñal y pistola y otros  escapados de las guerras europeas, con varios crímenes a cuesta. No faltaban las peleas y hasta los asesinatos. Muchos andaban armados. Los suyo era llevar el cemento y entregarlo a lo largo del tramo.

En La Calera, cuando ella iba al Liceo, que estaba junto a la Municipalidad antigua, conoció a la que después sería su señora: Sandra Eugenia Meza. Después llevó, en su camión, cemento a Lota, y trasladó la caliza desde La Melonita hasta la fábrica. Ahorraba en lo que podía. A los treinta años, llegó a tener cinco camiones. Fue gremialista y un gran defensor de su actividad, llegando a ser dirigente en la ciudad, en la región y en el país. Fue parte de los directivos que hicieron el paro que llevó a la derrota del Presidente Salvador Allende, aunque tenía respeto por el ex mandatario por sus consecuencias y porque siempre hay que respetar a un presidente, decía.

El cambio de régimen no fue tan bueno para los camioneros. Debió prestar servicios al Circo Atayde con el que recorrió gran parte del país. Le gustó el trabajo y la gente del circo y la práctica de la ayuda mutua. “Me volvió a mi niñez”, recordaba.

Juan Arthus, mantenía ahora una empresa con más de treinta camiones que, principalmente, prestan servicios a Cemento Melón. Vivía en la Villa Jamaica de La Cruz –donde también trabajó con sus vecinos para crearla- y mantiene un gran taller metalúrgico donde aporta posibilidades laborales a muchas personas.

Tenía otros proyectos en carpeta y ha convertido su negocio en una empresa familiar, con hijos y nietos. Le sobrevive su esposa Sandra, y sus tres hijos, que le dieron 8 nietos y tres bisnietos. Respecto a sus camiones, dice que “en todo negocio siempre hay que tener lo que uno sólo puede gestionar bien. Está bien el dicho que dice: `quien mucho abarca, poco aprieta”.

A los 80 años, Juan Arthus, decía que, “como en muchas cosas, se ha ido perdiendo el romanticismo de ser camionero. Pero en el resumen de mi vida, puedo decir que lo más grande que he conseguido ha sido tener una familia como la que tengo. No la tuve cuando niño y ahora disfruto tenerla, es el gran tesoro que he conseguido en mi vida y de lo que más me enorgullezco”.

Sus funerales colmaron de gente la iglesia San José, donde decenas de personas, amigos y trabajadores que lo querían, asistieron a la misa del sábado. Desde allí una gran cantidad de vehículos siguieron el cortejo que se dirigió hasta la villa Jamaica donde se encuentra su taller. Fue un momento emocionante, en que la carroza ingresó por entre sus camiones que hacían sonar sus bocinas para saludarlo. Desde allí el vehículo funerario, seguido de una  verdadera caravana de autos, salió en dirección a la Planta de Cemento Melón, donde una vez más fue saludado por las bocinas de los camiones de dicha empresa. Al llegar al cementerio de La Calera en Nogales, una gran cantidad de amigos y familiares se juntaron en torno al mausoleo que don Juan había construido para su familia. Los grandes camiones habían quedado abajo, pero justo en el momento en que lo ingresaban al nicho, comenzaron a sonar las bocinas, cuyo sonido a lo lejos, parecía una canción escrita especialmente para él, que siempre se definió con orgullo como un camionero.

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