Basta de convenciones

Hace unos días y a propósito de las manifestaciones que se han dado en torno a las demandas feministas, recordé algunas cosas de mi infancia y adolescencia que, hoy, curiosamente son emblemáticas para el movimiento.

Marisol Valdés Riffo
Secretaria de Redacción

Recuerdo por ejemplo, que a los 8 o 10 años me encantaba usar zapatos tipo bototos para el frío y me resistía a usar las botitas “lady” que mis compañeras calzaban. También me gustaba usar jockeys para el sol y descaradamente sacaba alguno de los tantos que mi abuelo -que era peladito- tenía en su casa, para poder salir a jugar con los amigos de mi hermano a los vaqueros, las persecuciones en bicicleta o a las bolitas, porque jugar a las visitas, a las tacitas o con unas horribles muñecas plásticas, definitivamente no era lo mío.

Para la mentalidad de la época era una niñita “rara” y hasta alguna vez oí decir que mis preferencias eran de “marimacho”, pero nunca me importó mucho, porque siempre tuve claro que lo mío era la comodidad, lo práctico y una actitud a lo “Chino” Ríos respecto de la opinión ajena.

Recuerdo que cierta vez casi hice un berrinche porque quería tener unas zapatillas de lona y caña alta, como las que le compraban a mi hermano. Las imaginaba comodísimas e ideales para trepar por el ciruelo que había en mi patio y tanto fue el cántaro al agua, que terminé con mis zapatillas puestas.

Así el paso de los años me dio la razón: hoy las niñitas pueden usar bototos de mil colores, jockeys con lentejuelas y las zapatillas Converse de lona lucen en miles de pies femeninos y a nadie se le ocurriría tildar a esas chicas de “marimachos”.

Por eso siento que fui una pionera. A mi manera me gané el derecho a decidir cómo quería vestirme, a qué quería jugar y así, un montón de decisiones que me han llevado a ser absolutamente feliz.

Por eso me da gusto ver a las chicas ejerciendo su derecho a pataleo cuando la convención social insiste en llevarlas por un camino que no es el que ellas pretenden. Sin embargo, no estoy muy segura si mostrar los senos en plena Alameda sea una medida a favor o en contra del movimiento, porque durante décadas las imágenes de mujeres en topless se han exhibido como el máximo trofeo del machismo nacional en talleres mecánicos y -afortunadamente hasta hace poco tiempo- en las portadas de revistas y diarios.

Pero el mensaje es claro y no solo para los hombres, sino que para una sociedad apoltronada en añejos estándares que no parece percibir: por ejemplo, que a las guaguas hay que vestirlas de rosado o de celeste. Por eso y como porfiada que soy, cuando nació mi hija le puse un osito de felpa azul marino, para que desde pequeña supiera que las convenciones culturales y sociales no pueden limitar a la persona que ella quiera ser.

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